Santa María Madre de Dios

El origen litúrgico de la advocación de la Madre de Dios

La solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primera fiesta mariana que apareció en la Iglesia Occidental y su celebración se comenzó a dar en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo “Santa María Antigua” en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma. Coincidentemente, la primera patrona granadina, es la Antigua.

Tan histórica celebración mariana se constata en las pinturas con el nombre de “María, Madre de Dios” (Theotókos) que han sido encontradas en las catacumbas de la ciudad eterna. El rito romano celebraba el 1 de enero la octava de Navidad, conmemorando la circuncisión de Jesús. Desaparecida la antigua fiesta , en 1931, el Papa Pío XI , con ocasión del XV centenario del concilio de Éfeso (431), instituyó la Celebración Mariana para el 11 de octubre, en recuerdo de este Concilio, en el que se proclamó solemnemente a Nuestra Madre como verdadera Madre de Cristo, que es verdadero Hijo de Dios; pero en la última reforma del calendario -a raíz del Concilio Vaticano II- se trasladó la fiesta al 1 de enero, con la máxima categoría litúrgica, de solemnidad, y con título de Santa María, Madre de Dios. 

Histórica advocación de la Real Orden de Caballeros de Santiago

Durante el sitio de Sevilla, en 1248, doscientos setenta caballeros de la Orden de Santiago, sin que hubiere terminado la batalla con el enemigo musulmán, se internaron demasiado en la serranía hispalense, no dominando la orografía de la Sierra de Tudía, ya en tierras extremeñas. Al ver que la noche se le echaba encima y la batalla se alargaba, pidió Don Pelay Pérez Correa aclamando a la Reina de los Cielos: “¡Santa María detén tu Día!” y la Virgen atendiendo a la plegaria detuvo por unas horas el sol, ganando así la batalla los cristianos. 

Fundaron los Comendadores el Monasterios de la Madre de Dios que sirvió de enterramiento al Gran Maestre Pelay o Pelayo. Desde entonces, junto a Santiago Apóstol, es María Santísima, con la sobre advocación de “Espada” (por sus salvíficas apariciones en las múltiples batallas de conquista de estos caballeros) una de las principales devociones de la antigua Orden Religiosa y Militar, que lleva la histórica nominación de Tentudía, recordada en Badajoz, que puso bajo su protección una de las puertas de su recinto amurallado. 

Se han localizado imágenes de esta advocación en Carmona (Sevilla), Cañada de los Gamos (Córdoba), Fuentes de León, Llera, Monasterio o en Clavijo (La Rioja) cuyos cultos y festejos se celebran el día de Santiago, 25 de julio. 

Santa María Madre de Dios titular del Real Monasterio de Comendadoras de Granada

De 147 cm de altura, respetando el canon clásico de las siete cabezas que formulara Policleto (480/420 a.C), encarna iconográficamente el Ciclo de la Glorificación de la Virgen con el niño Dios en brazos, en esta talla a su lado izquierdo. Es una obra de vestir, o de busto hasta los hombros que responde a un proceso histórico de transformación, puesto que si aceptamos su presencia en el más antiguo de los conventos de Granada, y al que le da su nombre, debiera tratarse de una imagen tardogótica completa, que prescindiera de añadidos. 

Por el contrario, en el siglo XVII tuvo que adaptarse a un candelero, si no es que ya lo tuviera (con lo que estaríamos hablando de una pintura como primera devoción mariana de las Comendadoras granadinas, no de una escultura), y en el siglo XVIII, correspondiendo con el cambio de gustos y a semejanza de otras Obras Marianas próximas (como la Virgen del Rosario o de Lepanto) , se intervendría en la superficie polícroma, se cambiaría el Niño y se dotaría de expresividad plástica a través de los aderezos de vestir.

Así, y muy al contrario con la hipótesis que sostenga una mayor antigüedad, se trata de una obra de vestir, con curioso candelero. Ciertamente el busto, recuerda por su hieratismo, a las vírgenes del segundo tercio del Renacimiento escultórico, periodo este en el que abundó la pervivencia del naturalismo realista propio del gótico, junto con una progresiva desaparición de estos resabios hasta alcanzar el clasicismo pleno. Hubo de ser retocado en el siglo XVIII, por la policromía que luce hoy y que concentra un interés volumétrico por los frescores de las mejillas, el leve enrojecimiento de los labios, estos cerrados y de fino dibujo. La expresión facial, es relajada, pero adusta y serena. La nariz, muy aguileña, nace con fineza de acuerdo a la manera “romana”. Posee un levísimo hoyuelo en la barbilla. Las cejas son arqueadas, los lóbulos escuetos, prominente la zona superior de los pabellones auriculares, su cabello propio, es una capa pictórica que simula un peinado corto y ralo hasta la nuca, siendo su inicio, sobre la frente, en crenchas, sobre el que se coloca la peluca de pelo natural. Se vuelve a poner de manifiesto la intervención en otros siglos en la obra, que se observa en la desproporción de las manos respecto al óvalo facial o el candelero, de seguro que de una manera intencionada para así facilitar el sostén del Niño y los atributos de la dignidad real (como el cetro de plata de su mano derecha).

A esta época del setecientos debe corresponder el niño, que no es el original que hubo de sostener María. De talla completa, mide 33 cm, en postura erguida, y está levemente torsionado para mantenerse sedente sobre la mano izquierda de su Madre. El estudio anatómico que presenta es de un verdadero realismo, bendiciendo con la mano derecha y sosteniendo el atributo real en la contraria. El cabello se identifica con la moda cortesana de los últimos Borbones, en cuanto al mechón de tirabuzón sobre su frente. Como la virgen, un fino hoyuelo ocupa la barbilla, y al igual que esta, propio de los aditamentos barrocos, tiene pestañas postizas. Pero en ambas esculturas, los ojos son pintados.

El candelero, es un octógono acanalado de madera de pino de Flandes, de época por la forma de guardainfantes poco pronunciado o miriñaque, en color anaranjado desde el talle, al tiempo que en su base se acanala y ondula. Los articuladores de brazos así como el cuerpo, se revisten de color azul, y luce una decoración mediante pintura de tono oro viejo. Sobre el pecho, se dibuja una decoración de eses vegetales enmarcadas por franjas rectas, y adquiere una forma triangular que desciende, de forma que simula la hechura de un corpiño muy entallado. A partir de la cintura, por toda la zona del vientre de este candelero, la decoración se ciñe en las caderas por medio de un cerco corrido de acróteras semicirculares en cuyo interior campan cinco hojas y todo ello cabalgando sobre la misma cenefa que se repite como en la zona superior. Termina esta labor sobre la base, en una línea dorada. 

Los articulados son los propios dieciochescos, de metal y anillas, que difieren de los de bola (más favorables para la conservación de la pieza). 

Afortunadamente, la imagen de la Madre de Dios y su niño presentan un buen estado general, en tanto que el soporte no está afectado y las capas pictóricas bien consolidadas. No luce repintes contemporáneos que afecten a la originalidad del conjunto, aunque insistamos en la repolicromía del s. XVIII, que no tuvo que ser la primera.

Esta no obstante, es de buena calidad. No necesita la intervención en la parte escultórica, y tan sólo es advertible, las focalizadas pérdidas del estrato pictórico por la labor de vestimenta, visible en algunos arañazos, así como un breve encolado contemporáneo en la zona izquierda del candelero, a la altura del pecho, por un breve agrietamiento. De igual manera, no presenta ningún ataque de xilófagos ni afecciones en los estratos subyacentes. 

La obra, talla -de vestir de la escuela granadina que originariamente pudiera fecharse a fines el siglo XVI (1585- 1600), recibió la transformación de su candelero y la hechura de un nuevo niño a mediados del siglo siguiente (h. 1650) y una nueva policromía y añadido de postizos o aderezos, que responden a la moda dieciochesca, a principios del siglo XVIII (1701- 1715). Preside el Retablo Mayor del Monasterio Comendador de Santiago, así como toda la fundación religiosa y es apodada como la “Vecina más antigua del Realejo”, en virtud a la fábrica de su Templo y edificio conventual, primero de los de Granada. 

Recibe culto por la Comunidad de Religiosas y el afán de los cofrades del Huerto y Amargura, que han recuperado devocionalmente una obra, testigo del paso de los años y fiel reflejo de los cambios estéticos en las artes clasicistas de nuestra escuela. 

Fotografías: @elbarcodemaría – Texto: David Rodriguez Jimenez Muriel

Agradecimientos: Jose Miguel Alabarce