Señor de la Oración en el Huerto de los Olivos

El 1 de Febrero de 2004, esta Hermandad devolvía al lugar que siempre le pertenecia a la obra del maestro Sánchez Mesa. Un año antes lo hizo Canal Sur Radio en el marco de su programación cofrade. En ambos el que suscribe (el catálogo de la exposición coordinado por Mariano Sánchez Pantoja, o los monográficos en la radio), ahondó en un genio que no vacilamos ya en tener como el “maestro del segundo siglo de la imaginería granadina”. Por todo ello, aun a sabiendas de la necesaria proyección académica que necesita tan magno creador, no va a bastarse este artículo en otra cuestión que la meramente iconográfica. Y así, en clave de serie por entregas, nos disponemos desde las páginas de esta revista, desentrañar los aspectos artísticos del mejor de los patrimonios de la Cofradía de las Comendadoras, por su valor histórico y por otro más alto e incuestionable, su valor devocional: las Sagradas Imágenes Titulares. De modo que sea nuestra primera parada con la talla de la

De tamaño igual al natural, obra de las llamadas completas por estar gubiadas sus vestiduras sin necesidad de aditamentos de tejidos, y respondiendo al pasaje evangélico que le da nombre, el instante reflejado capta la atención en la angustia de Cristo ante su próximo padecimiento y muerte. Busca el consuelo divino para lo que eleva la cabeza hacia las alturas, exponiéndose (en actitud reflexiva y de entrega) con los brazos extendidos siguiendo la línea genuflexa del cuerpo. Hasta aquí estamos ante un tratamiento ortodoxo de la iconografía, reforzado en la Estación de Penitencia por la recreación del “Huerto Gethsemani”, a las faldas del Monte Olivote. La obra, de 1943, es de madera de pino ibérico, policromada y estofada.

La túnica, un sebath de una sola pieza, se enriquece con una trama de elementos vegetales que matizan la superficie cromática. Sin duda, la más espectacular muestra del dominio del arte granadino del siglo XX en los estofados, directa herencia de las labores de Raxis (S.XVI). Un cíngulo se anuda al talle, sobre la cadera derecha, recordando el amito sacerdotal. Es generosa la apertura del cuello, dejando a la vista la labor anatómica en la musculatura de esta zona. El tratamiento de la cabeza es el más concienzudo de todos: el pelo en mechas, libera dos pulseras de cabello hacia delante. Las cejas son serpenteantes y bien dibujadas, la barba, avivada y completa, deja espacio a unos pómulos ligeramente salientes y unos sobrios frescores en las mejillas, atenuados por las veladuras de la policromía.

La frente que está despejada, se salpica por las muestras de la hematidrosis que sufre Cristo en este trance.

El contundente ladeo de la cabeza hacia su lado derecho, la boca entreabierta por donde asoman las piezas dentales y los extraordinariamente conseguidos ojos, de un melancólico “rigor parpádico” terminan por definir la pieza. Todo lo dicho es el resumen de las características formales de la escultura granadina. ¿Qué queremos decir con esto? Si bien es cierto que la primitiva idea del autor era bien distinta, presentando un boceto de Misterio que recordara el lienzo del genio Alonso Cano en el Museo Metropolitano de Nueva York, o el que exhibe el Prado: Cristo sostenido por un Ángel, parece ser que entonces al Cardenal Arzobispo de Granada, Agustín Parrado, insistió al Cabildo de Oficiales de la idoneidad de seguir las obras homónimas que Salzillo hizo para Murcia (1752).

Pues bien, si en el Ángel la influencia salcillesca es perfectamente palpable, la imagen de Cristo en la gubia de Sánchez Mesa es más corpórea, mejor modelada y con más aplomo y presencia, además de su talla completa y no de vestir. El propio autor decía: …“mi versión era más cercana a nuestra escuela… modelé a tamaño natural las figuras… intentando dar al conjunto la monumentalidad que, según mi opinión, le falta al grupo original… aun siendo una copia tiene distintos matices”. Pues así también nosotros, con respecto al murciano creemos con seguridad que el de Granada, 190 años después, es más fuerte y evocador.